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日志


1月21日

Kafka en la Orilla, Haruki Murakami. Metáfora y plenitud.


La condensación de mi temperatura se materializa en el vidrio de mi ventana. Todos somos agua, por lo que parece, y fluímos desde el manantial desconocido que nos arroja a la vida hacia el mar tranquilo que nos acoge con parsimonia. Un espacio entre dos vacíos, un vacio en el espacio y la misión de rellenar el hueco con vivencias y momentos dignos de recuerdo. En contadas ocasiones, uno se topa con algo -cualquier cosa, lo que sea- y repentinamente empieza a adquirir conciencia de lo habitualmente irrelevante; el calor humano convertido en agua, las carreras del hijo de los vecinos de arriba o el motor de los coches en la calle; es necesario en ocasiones detener la pesada maquinaria que alimentamos cada día y escuchar con atención. El sonido de los neúmaticos deslizándose sobre el asfalto mojado por la lluvia, por ejemplo. Ese sonido existe y no reparamos en el porque lo consideramos banal. Que pensará el de nosotros...

La última novela de Murakami, Kafka en la orilla, transcurre escindida y como historia de objetivos y misiones podría llegar a recordarnos a esta literatura tan en boga ahora de códigos y catedrales. Pero, por suerte, las claves de bóveda en Murakami son interiores, y las catedrales que esconden enigmas siempre son seres humanos deslíados, en aparente deconstrucción, rehaciéndose mientras parecen disolverse. En Kafka en la orilla, la huida es busqueda y la busqueda encuentro, y en todo esto proceso sistemático la metáfora se convierte en antídoto. Kafka Tamura es un adolescente que huye, un ser abandonado que abriga un rencor larvado y que necesita respuestas. Nakata es un viejo sonado que atesora extrañas habilidades, como hablar con los gatos. Estos le transmiten un cometido de dudosa naturaleza, pero Nakata asume su destino y se embarca en un viaje sin retorno con objeto de cumplir su destino; en él encuentra a Hoshino, un joven leal que ve en Nakata a su abuelo muerto, al que tanto quiso. Kafka, en su huida, llega a un territorio casi irreal en el que existe una biblioteca regentada por la Señora Saeki y el joven Oshima. Nada es casual y los secretos de todos forman una madeja espesa. Hay una montaña y un bosque, un asesinato suplicado, un amor perdido, dos soldados guardianes y un cuadro que es mas que un cuadro (me gustan las historias en las que aparecen cuadros; recuerdo aquel cuento de Sillitoe, El cuadro de la barca de pesca...).

Haruki Murakami

Es dificil explicar la novela de Murakami; probablemente sea su mejor novela, lo que seguramente significa que nos encontramos ante una de las mejores novelas de los últimos años. Requiere un talento único hacer creíble un cometido moral y conferirle naturaleza real en la mente del lector, dibujando con precisión el mapa de sentimientos y resoluciones que los personajes trazan y siguen. Comúnes a la obra de Murakami siguen siendo la obstinada creencia de que el futuro espera a los personajes con los brazos abiertos y con una recompensa proporcional al dolor explicado, reconocibles siguen siendo la busqueda de respuestas, la huída, el sexo como bálsamo y el amor como pesadilla, la música como aliada. Un Murakami reconocible y a la vez transcendente; tanto de si mismo como del propio territorio de la novela.

Absolutamente recomendable. Necesario, diría.

No podemos decir lo mismo de las últimas películas de Clint Eastwood, Iñarritu y Mel Gibson. Recomendables desde luego que si, pero por debajo de lo que se esperaba de ellas y ellos. Parece que va a ser Babel la que acapare la terna de premios este año, y no es una mala elección visto el ramillete de candidatos y el perfil de Iñarritu y Arriaga, dos creadores de raza, pero esperemos que ese sea el año del oscar a Scorsese como mejor director: y no porque Infiltrados sea su mejor película, sino porque sus mejores películas forman parte de las mejores películas de la historia del cine: Uno de los nuestros, Taxi driver, Toro salvaje...Un Oscar para Scorsese ya.

Buen domingo y hasta la próxima entrada.