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March 17

Un año de amor

Aunque tu querías un anillo de diamantes, hoy sólo puedo regalarte el diamante que Freddie Mercury escondía en su garganta. Que sea el primero de muchos.
 
 
 
 
Un año de amor - Queen
 
SOLO UN AÑO DE AMOR, ES MEJOR QUE TODA UN VIDA SOLO
UN INSTANTE SENTIMENTAL EN TUS BRAZOS
ES COMO UNA ESTRELLA FUGAZ DIRECTO AL CORAZÓN.
SIEMPRE ES UN DÍA LLUVIOSO SINO ESTÁS,
SOY UN PRISIONERO DEL AMOR DENTRO TUYO
ME ESTOY DESMORONANDO A TU ALREDEDOR

MI CORAZÓN CLAMA POR TU CORAZÓN
ESTOY SOLO, PERO TÚ PUEDES SALVARME
MI MANO SE EXTIENDE BUSCANDO LA TUYA
ESTOY FRÍO PERO TÚ ENCIENDES EL FUEGO EN MÍ
MIS LABIOS BUSCAN TUS LABIOS
ESTOY ANSIOSO POR UN CONTACTO CONTIGO
HAY DEMASIADO PENDIENTE DE QUE HABLAR
Y TODO LO QUE PUEDO HACER ES RESIGNARME
POR AHORA, SOLO RESIGNARME

NUNCA NADIE ME DIJO QUE EL AMOR ME LASTIMARÍA TANTO
OH SÍ, DUELE
Y EL DOLOR ESTA TAN CERCA PARA DELEITARSE
Y TODO LO QUE PUEDO HACER ES RENDIRME A TU AMOR
SOLO RENDIRME A TI AMOR

SOLO UN AÑO DE AMOR, ES MEJOR QUE TODA UN VIDA SOLO
UN INSTANTE SENTIMENTAL EN TUS BRAZOS
ES COMO UNA ESTRELLA FUGAZ DIRECTO AL CORAZÓN
SIEMPRE ES UN DÍA LLUVIOSO SINO ESTÁS.
SOY UN PRISIONERO DE AMOR DENTRO TUYO
ME ESTOY DESMORONANDO ALREDEDOR TUYO
TODO LO QUE PUEDO HACER ES RENDIRME.
 
December 06

Las reinas de la edad de piedra quieren hacerlo con nosotros en Febrero

 
  
 
La mejor canción del año (discutible en fechas, que no en calidad) en el mejor disco del año. Los QOTSA en Febrero en la Riviera. Allí estaremos y nos encontraremos algo como esto, aunque sin P.J, para desgracia de los presentes
 
 
August 27

Estambul (y II), según Orhan Pamuk

Mi Estambul secreto

El escritor turco y premio Nobel de Literatura regresa, asomado desde su ventana, a las tiendas donde compraba chicles y cómics cuando era niño. Aromas de la vieja ciudad y de la nueva. Del bullicio permanente, el caos de sus comercios o la transformación de sus plazas. ¿Dónde reside el misterio de esta megalópolis legendaria?

ORHAN PAMUK 23/08/2007

Nací en Estambul. Exceptuando los tres años que pasé en la ciudad de Nueva York, no he vivido en ningún otro lugar. A mis 53 años, estoy viviendo de nuevo en los apartamentos Pamuk que mis abuelos construyeron para nuestra gran familia cuando yo era niño. En las tardes de verano, cuando me asomo a la ventana y miro entre el balanceo de las ramas de los viejos plátanos que bordean la avenida Tesvikiye, puedo ver las luces de Aladdin, la tienda donde mi padre compraba sus cigarrillos y los periódicos y donde yo iba a por chocolate, chicles, pistolas de agua, relojes de plástico y a por el último ejemplar del cómic Tom Mix.

Cuando era niño, Estambul era una tranquila ciudad de provincias con una población de un millón de habitantes; medio siglo después es una metrópoli 10 veces mayor, rodeada de barrios desconocidos y distantes en los que nunca he estado y cuyos nombres sólo conozco por los periódicos. Cuando me asomo a la ventana, me cuesta aceptar que estas poblaciones de la periferia son una parte de mi ciudad. Ni siquiera en mis sueños habría esperado que las calles de mi niñez fueran tan bulliciosas como lo son hoy. Pero cuando uno está tan unido a una ciudad como yo lo estoy a Estambul, acabas por aceptar su destino como el tuyo propio; llegas a verla casi como una extensión de tu propio cuerpo, de tu propia alma. Así que cuando ante mis ojos veo el cambio de las calles, de las tiendas y de las plazas -y durante las últimas décadas he visto los cines, las librerías y las jugueterías más importantes de mi niñez cerrar sus puertas-, reacciono igual que cuando veo a mi propio cuerpo envejecer. Tras el estupor inicial, me resigno ante mi nuevo aspecto.

¿Puede una ciudad tener alma? Si la tiene, ¿de qué está hecha? El alma de una ciudad, ¿se forma por su tamaño, su cultura y su historia, o nace de la imagen que sus calles y sus edificios imprimen en nuestras mentes? Más aún, el alma de una ciudad ¿depende de lo bulliciosa que es o de lo vacía que está? ¿De la bruma o del calor? ¿Está en el río que la cruza o -como en el caso de Estambul- en el mar que la divide en dos? ¿Dónde sentimos su alma con más intensidad? ¿Cuando la vemos desde lo alto de una colina? ¿Cuando pasamos por un paso subterráneo? ¿Cuando nuestros oídos escuchan el alboroto de la ciudad? ¿Cuando nos pica la nariz por su aire húmedo y sucio? Quizá cuando todos estamos acostados oyendo cómo la ciudad duerme como un viejo animal cansado y escuchamos el sonido de la sirena de niebla en el Bósforo. En mi opinión, el alma de una ciudad cambia cuando la ciudad cambia. El Estambul nuevo y opulento de hoy no es la ciudad melancólica que conocí de niño.

Pero incluso hoy me habla de soledad. En las tardes de verano, el alma de la ciudad está en sus anticuados autobuses que circulan con dificultad entre nubes de polvo, humo y contaminación mientras llevan a los sudorosos pasajeros a sus casas; está en la nube de niebla que cubre la ciudad y que, al atardecer, se torna entre naranja y púrpura, y en la luz azul que sale de millones de ventanas cuando, casi al mismo tiempo, la ciudad enciende sus televisiones -y justo en el mismo instante en que las mujeres de toda la ciudad fríen berenjenas para la cena-. A mediodía, en los tranquilos y fríos días de otoño, cuando la ciudad está en plena actividad, el alma de la ciudad reside en un solitario y ocupado hombre que pesca mientras su viejo barquito se balancea sobre la estela de los transbordadores y de los grandes cargueros que circulan por el Bósforo.

Todos los habitantes de Estambul son de fuera y, por tanto, todos están solos. En 1453, cuando llegaron los turcos -o mejor dicho, los otomanos, ya que había cristianos en su Ejército-, se encontraron con una ciudad que les esperaba. Y, por definición, eran, por tanto, recién llegados. Durante su reinado de 500 años, llegaron otomanos procedentes de los más diversos países y culturas; por tanto, también ellos eran de fuera. Cuando una ciudad pasa de una población de un millón a diez millones en un periodo de 50 años, las nueve décimas partes de sus habitantes tienen que contarse también como foráneos. Por eso, cada vez que entablo una conversación con alguien en la calle, en un autobús o en uno de los taxis compartidos, conocidos como dolmu, la primera pregunta que me hacen, después de quejarnos del tiempo, es de dónde soy. Si admito, un tanto avergonzado, que soy de Estambul, me preguntan con cierta sospecha sobre el padre de mi padre y sobre los parientes de mi madre.

El gran secreto de Estambul es que incluso los que vivimos aquí no la entendemos, y no la entendemos porque desafía cualquier clasificación. Pasear por sus bulliciosas calles es sentir la historia bajo nuestros pies, pero incluso cuando recordamos que antes de nosotros estuvieron otras grandes civilizaciones, también nos damos cuenta de que no nos pertenecen. Esto es lo que le da a la ciudad ese aire extranjero.

Podría incluso decir que su alma reside en su rechazo a ser clasificada o comprendida racionalmente. En efecto, ésta es la conclusión que saqué de la Enciclopedia de Estambul, el singular y heroico proyecto del conocido historiador Resat Ekrem Koçu, que empezó a escribir en los cincuenta y que dejó inacabada porque no pasó de la letra H. Lejos de aportar datos claros sobre la ciudad, el autor añadió confusión al escribir sobre sus pasiones secretas y las "excentricidades" de Estambul, a lo que añadió un entrañable y extenso relato sobre sus compañeros de borracheras favoritos.

Desde mi niñez, las tiendas antiguas de la ciudad me han parecido el ejemplo más elocuente de este desorden. Cuando estoy en una parfumerie -si prefiere, llamémosla farmacia- y miro a mi alrededor, al surtido de botellas de colores, de cajas y de tarros, me parece que el alma de la ciudad no sólo surge de su historia, sino de la suma de las pasiones y sueños de todos los que alguna vez han vivido aquí. Igual que las tiendas de Beyoglu -aparentemente turcas, pero griegas y armenias en el fondo- a las que iba con mi madre cuando era pequeño y que me recuerdan a todas esas antiguas culturas que han ido formando la nuestra y cuán desconocida e increíblemente rica ha sido su influencia. En Estambul, cada objeto guarda su propia historia secreta.

© Traducción de Virginia Solans.

© Diario EL PAÍS S.L.

July 28

Respirar es facil. Viva los 90

 
Esta música sonaba por todas partes durante mi primer viaje a Londres. ¿Qué habrá sido de Tara Newley?
 
    
 
July 03

Camilo VI de España y I de Marte

 
Brutal, soslayando lo evidente:
 
 
May 27

Memoria de Estambul

 
Si hay algún lugar del mundo en el que el tiempo y el espacio se confunden hasta parecer una única cosa, ese debe ser Estambul. Lo valioso en el hecho de viajar llega cuando descubres que, tiempo después de haber concluido el trayecto, algo en tí de aquello sigue latiendo a la vez que lo percibes interrumpido, expectante acaso ante la idea del retorno. Viajar es volver a donde nunca se estuvo, y aunque algo dentro de nosotros niegue esa certeza, en algunos lugares, en raras ocasiones, nuestra alma late como si formara parte de ellos, y parte del cerebro reclama el derecho a fabricar imposibles sucesiones de recuerdos que no pueden ser.
 
Pasar cinco días en Estambul y sostenerse en el deseo de intentar abarcarla es una quimera de imposible factura. Lo primero que Estambul sacude ante los atónitos ojos del visitante es la majestuosidad de sus dimensiones: es una ciudad recostada a orillas de un mar, y con el perezoso ademán que las cosas grandes aplican a sus acciones, se empeña en darle cobijo y guarecerlo. Llegan los barcos cargados de petroleo y penetran el Bósforo como esperma desde el Mar Negro, avanzando majestuosos y decididos hacia su destino, cortando en dos la lengua de agua mientras las mezquitas a los márgenes del Helesponto recuerdan metódicamente el día en el que Mehmet II rasgó la muralla de Constantinopla gracias al cañón de Urban convirtiendo en cenizas un imperio milenario. El addhan de los muecines se extiende a lo largo los 40 kilometros de lengua de mar y en él se advierte una cadencia estremecedora que sacude al oyente, sea o no musulmán; algo se revela que mueve al infiel al silencio respetuoso, la ciudad mira al cielo y se postra agradecida: un día más le ha sido concedido.


Pareja en Galata


Si uno ha hecho los deberes y ha leído antes de ir un poco de Runciman, o Estambul, el poema-memoria de Pamuk a la ciudad que tanto le debe y a la que tanto él ha de agradecer, es sorprendente como todo aquello que ha sido contado sucede ante los ojos de uno: la piedra violada de la defensa romana, la oración multiplicada de la ciudad desde Cihangir mientras la niebla rebasa el perimetro del cuerno de oro, las espectrales mansiones otomanas del XIX a orillas del Bósforo, restos de un naufragio eterno. Sólo hay que abrir bien los ojos y no perderse nada; y por más que pueda parecer que Estambul yace herida de muerte como el cadaver sucio y decrépito de un joven antes hermoso y saludable, transitar sus arterias -Istiklal, Taksim, Beyoglu entero-, comer en sus restaurantes -y aquí recuerdo el local griego regentado por un anciano patriarca huraño que sometía a los camareros locales y lanzaba guiños a las turistas cortas de ropa mientras contaba sin parar billetes de 100 liras-, adentrarse en las discotecas levantadas en pisos destartalados, llenas de jovenes que bailan con furia las canciones de los White Stripes y los locales Duman, convierte a Estambul en un gigante dormido, en una probeta donde lo viejo y lo nuevo caminan sin apenas rozarse, temerosos el uno del otro.
 
Es divertido el modo en el que Sarkozy niega el derecho turco a ser Europa. Es posible que Estambul y Turquía entera no sean ya Europa. Lo fueron un tiempo, pero ahora son algo diferente, algo a medio camino entre la vida y la ausencia de ella, un limbo de sensaciones. Caminando cerca de los bares de Narghile encontramos a un curioso individuo de apariencia occidental, parecido a Paul Auster, que empujaba un carro grande triangular que soportaba en su vértice dos pequeñas banderas de Canada y Turquía; movido por la curiosidad y estimulado por la borrachera de tábaco de frutas, me acerqué a él y le pregunté si lo que decía en el cartel que acompañaba a ambas banderas era cierto, algo así como "Jean Beliveau, caminando desde Canada por todo el mundo a favor de los derechos de los niños". El Quebecois se mostró abierto y generoso, feliz de hacer lo que estaba haciendo, y me habló de su viaje de siete años, de cómo su mujer y sus hijos respetaban su decisión de hacer camino y de cómo decidió echarse al monte después de llevar una vacía vida occidental como limpiador de cristales, de lo grande que era Estambul y de que ninguna ciudad le había llevado tres días para atravesarla. Esta es su web, y este mi pequeño homenaje al peregrino canadiense, una de esas personas revestidas de un halo majestuoso, tan dificil de encontrar


Pescadores en Galata


Caminando de madrugada hacia la explanada que acoge las principales mezquitas (Haya Sofía y la prodigiosa Mezquita Azul) una manada de perros callejeros acuden excitados a nuestro encuentro; primero dos, luego tres, y más a medida que caminamos, no atacan, ni siquiera se permiten el lujo de parecer violentos; corretean juguetones a nuestro alrededor, se lanzan hacia los taxis que vienen y trotan a su lado mientras ladran, volviendo después mansos a nuestro alrededor. Nos escoltan en nuestro trayecto y cuando llegamos a nuestro destino -el lugar donde la catedral vestida de mezquita y la mezquita, Occidente y Oriente, se miran y desafían ajenas a todo, hasta a sí mismas-, desaparecen. Y en mi recuerdo, este momento mágico se transforma en metáfora: Estambul, la vieja mole perezosa, no es mas que un perro abandonado que suplica algo de cariño. Estambul, y por eso la sentimos tan cercana, es como todos nosotros.
 
Ayer (y en parte mi entrada se debe a ello) pude ver la segunda película de Fatih Akin, "Cruzando el puente, los sonidos de Estambul", y en ella, el magnífico director turco recorre de la mano del bajista de los Neubaten Alexander Hacke la amalgama de músicas que sacuden la ciudad. Absolutamente recomendable de principio a fín, pego aquí el video de su última canción, Cecom, cantada en turco por la canadiense MacCrimmon y los Baba Zula a bordo de una barcaza iluminada sobre el Bósforo, entre Eminonu y Pera, a la vista del puente y la torre de Galata, el bastión genovés, deslizándose sobre el agua mientras amanece. Todo en esta canción es Estambul, su cadencia, la nostalgia que desprende, la belleza subyugante. Para quien se sienta concernido, y a quien pueda interesarle, Estambul es algo parecido a esto:


 
 


 
Tesekkür ederim
April 26

Apoteosis chanante. La verbena

 
 
 
 
 
March 17

Top 5 de la música negra. Black music power.

 
 
1-. Buddy Guy - Mary had a little lamb
 
 
 
 
2-. Otis Redding - I´ve been loving you
 
  
 
 
3-. Marvin Gaye - What´s Going on
 
 
  
 
 
4-. Stevie Wonder - Superstition (En vivo en Sesame Street)
 
 
  
 
 
James Brown - Sex Machine & Get on the good foot (aunque este es mejor, pero no puedo incrustarlo por no permitir el embed la persona que lo ha colgado: Sex Machine en la TV Italiana)
 
 
  
 
 
 
March 15

Al Green cantando Jesus is waiting

 
 
 
 
Este señor de arriba es el Reverendo Al Green. Algunos dicen que cuando canta la palabra de Dios sale por su boca, pero lo mas probable es que él mismo sea Dios reencarnado en la garganta de un hombre.
 
A quien no se le ponga la carne de gallina viendo esto, que no insista.
 
Gracias, reverendo.
 
 
 
February 04

Pertinente Pizarnik

 
Hoy, nadie como Alejandra Pizarnik para explicarme; nada como su imagen para entender.
 

Alejandra Pizarnik

 

CUARTO SOLO

Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

 

SIGNOS

Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

 

MENDIGA VOZ

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

 

January 21

Kafka en la Orilla, Haruki Murakami. Metáfora y plenitud.


La condensación de mi temperatura se materializa en el vidrio de mi ventana. Todos somos agua, por lo que parece, y fluímos desde el manantial desconocido que nos arroja a la vida hacia el mar tranquilo que nos acoge con parsimonia. Un espacio entre dos vacíos, un vacio en el espacio y la misión de rellenar el hueco con vivencias y momentos dignos de recuerdo. En contadas ocasiones, uno se topa con algo -cualquier cosa, lo que sea- y repentinamente empieza a adquirir conciencia de lo habitualmente irrelevante; el calor humano convertido en agua, las carreras del hijo de los vecinos de arriba o el motor de los coches en la calle; es necesario en ocasiones detener la pesada maquinaria que alimentamos cada día y escuchar con atención. El sonido de los neúmaticos deslizándose sobre el asfalto mojado por la lluvia, por ejemplo. Ese sonido existe y no reparamos en el porque lo consideramos banal. Que pensará el de nosotros...

La última novela de Murakami, Kafka en la orilla, transcurre escindida y como historia de objetivos y misiones podría llegar a recordarnos a esta literatura tan en boga ahora de códigos y catedrales. Pero, por suerte, las claves de bóveda en Murakami son interiores, y las catedrales que esconden enigmas siempre son seres humanos deslíados, en aparente deconstrucción, rehaciéndose mientras parecen disolverse. En Kafka en la orilla, la huida es busqueda y la busqueda encuentro, y en todo esto proceso sistemático la metáfora se convierte en antídoto. Kafka Tamura es un adolescente que huye, un ser abandonado que abriga un rencor larvado y que necesita respuestas. Nakata es un viejo sonado que atesora extrañas habilidades, como hablar con los gatos. Estos le transmiten un cometido de dudosa naturaleza, pero Nakata asume su destino y se embarca en un viaje sin retorno con objeto de cumplir su destino; en él encuentra a Hoshino, un joven leal que ve en Nakata a su abuelo muerto, al que tanto quiso. Kafka, en su huida, llega a un territorio casi irreal en el que existe una biblioteca regentada por la Señora Saeki y el joven Oshima. Nada es casual y los secretos de todos forman una madeja espesa. Hay una montaña y un bosque, un asesinato suplicado, un amor perdido, dos soldados guardianes y un cuadro que es mas que un cuadro (me gustan las historias en las que aparecen cuadros; recuerdo aquel cuento de Sillitoe, El cuadro de la barca de pesca...).

Haruki Murakami

Es dificil explicar la novela de Murakami; probablemente sea su mejor novela, lo que seguramente significa que nos encontramos ante una de las mejores novelas de los últimos años. Requiere un talento único hacer creíble un cometido moral y conferirle naturaleza real en la mente del lector, dibujando con precisión el mapa de sentimientos y resoluciones que los personajes trazan y siguen. Comúnes a la obra de Murakami siguen siendo la obstinada creencia de que el futuro espera a los personajes con los brazos abiertos y con una recompensa proporcional al dolor explicado, reconocibles siguen siendo la busqueda de respuestas, la huída, el sexo como bálsamo y el amor como pesadilla, la música como aliada. Un Murakami reconocible y a la vez transcendente; tanto de si mismo como del propio territorio de la novela.

Absolutamente recomendable. Necesario, diría.

No podemos decir lo mismo de las últimas películas de Clint Eastwood, Iñarritu y Mel Gibson. Recomendables desde luego que si, pero por debajo de lo que se esperaba de ellas y ellos. Parece que va a ser Babel la que acapare la terna de premios este año, y no es una mala elección visto el ramillete de candidatos y el perfil de Iñarritu y Arriaga, dos creadores de raza, pero esperemos que ese sea el año del oscar a Scorsese como mejor director: y no porque Infiltrados sea su mejor película, sino porque sus mejores películas forman parte de las mejores películas de la historia del cine: Uno de los nuestros, Taxi driver, Toro salvaje...Un Oscar para Scorsese ya.

Buen domingo y hasta la próxima entrada.
December 30

Despropósitos de enmienda para el año venidero


Vaya final de año que estamos teniendo; entre la ejecución de Sadam, la bomba de esta mañana de ETA, el majestuoso final de James Brown, con claúsula anti-ex post-mortem incluída, el Babel de anoche, las Long Blondes de hace una semana. Si no fuera por esa play2 que me ha traido Papá Noel que me tiene sorbido el seso, de muchas de estas cosas habría hablado ya aquí, pero la play2 es un ladrón consumado de horas, y no es facil resistirse al placer de apalizar o ser apalizado virtualmente.
 
Ante la imposibilidad de seguir un orden y abarcar la totalidad -no soy Iñarritu-, me centro en Babel, su película, devorada anoche al lado de un Javier Bardem paquidérmico (por sus dimensiones y su craneo, no por su trompa, cuya longitud desconocemos). No voy a ser yo el que niegue que estamos ante una de las películas del año, junto a United 93 y Caché; el director mexicano continúa su cruzada explicativa del mundo en este fresco de historias que se cruzan con un fusil de por medio (otro Winchester, como el 73 de Anthony Mann). Y aquello que para Mann era lineal y progresivo en las manos de Iñarritu se convierte en un puzzle de bordes afilados, una ambiciosa deconstrucción del hoy en su totalidad en la que la casualidad y la causalidad van de la mano y el destino de los seres humanos cabalga sobre la incomunicación y la esperanza inherente a ella (todo lo que es incapaz de comunicarse es susceptible de conseguirlo algún día).
 
Torre de Babel de Brueghel
 
Menos sorprendente que Cuarón en su última y extraordinaria película "Hijos de los hombres", Iñarritu escenifica un universo abrupto y desconsolador, con escaso margen para el alivio, sin healing games vanmorrisonianos: el matrimonio yanki que se desintegra, la adolescente nipona carne de hentai, la nanny mexicana castigada por nadie sabe qué y los niños marroquíes (en ni opinión el tramo de historia mas logrado) desencadenando la tragedia. A este retablo viviente de indudable calidad me he empeñado en ponerle pegas -demasiadas alabanzas a mi alrededor-, y una de ellas, entreleída en comentarios de blogs de cine y por lo tanto compartida, es que la historia nipona resulta tópica y alejada del "core" de la narración; sólo el regalo del fusil por parte del padre japones al guía marroquí une a esta historia por otro lado brillante de un tronco argumental a mi gusto demasiado diferente. Y si en su descargo es justo admitir que el contraste entre el skyline nocturno de Tokio y los desiertos de Marruecos y México es demasiado intenso como para no tomarlo como intencionado, lo cierto es que las sensaciones que transmite la historia de la adolescente japonesa me resultan demasiado diferentes a las que transmiten el resto de personajes. Ese tokio nocturno ya lo vimos en Lost in Translation, esos planos de la discoteca ya los hizo Amenabar en Abre los ojos, y el contraste entre silencio y estruendo se agota relativamente pronto.
 
Resumiendo, tijera y película de 90 minutos mejicanomarroquí. Mi aportación a este babel que está generando Babel.
 
Cambiando de tercio, lo de James Brown ha sido triste y a la vez glorioso. Triste por la perdida y porque ya no lo veré en directo y glorioso porque esa capilla ardiente me parece un epílogo genial a una trayectoria colosal. Se ha ido uno de los mas grandes y lo ha hecho por la puerta grande, con el neón del apolo erigiéndose como un gigantesco falo que apunta al corazón del paraíso. Buen viaje, maestro.
 
De lo de ETA y Sadam ya oiremos hablar en los próximos días. Y para el 2007 mis mejores deseos y deseas para todos y todas, que dirían en el PSOE.
 
Como colofón y presente navideño, comparto una foto de la maravillosa Kate Jackson para deleite de ellos.
 
The Long Blondes en Madrid

December 28

James Brown at the apollo, como no podía ser de otra manera.

Capilla ardiente de James Brown en el teatro Apollo

Brillante colofón a una vida apoteósica. El rey del funk por fín descansa

October 30

The Long Blondes - Separated by motorways

Las rubias largas al rescate del mejor pop. No hay autopista capaz de separarnos de ellos. (Pinchando en la imagen, el video; maravilloso)
 

October 29

Los que se han ido

 
 
Decía Don Orson (no el jaco de la ininteligible y por momentos también equina pazvega, insigne candidato a Porfirio Rubirosa del nuevo milenio, sino el director-agitador), que para un director de cine, una cámara es como un ojo en el corazón del poeta. Es una buena frase -Welles leía mucho a Shakespeare-, pero en el caso que nos ocupa mas bién podríamos compararla con una parabellum en manos de un asesino en serie. No voy a negarle la lírica a Martin Scorsese, pero la suya es una lírica noqueante, certera y demoledora. Con The Departed (último premio para el mago que ha decidido renombrarla como "Infiltrados"), Martin nos regala y se regala la mejor de sus oficinas, allí donde mejor trabaja: la mafia a pie de calle. En esta terna casi medieval, dos agentes de policía, impulsados por muy diferentes motivaciones, se adentran en una espiral sin salida en la que no hay espacio alguno para la compasión.
 

 
Comentaba Scorsese que para está película se ha inspirado en el cine negro de los 40 y en "El Tercer hombre" de Carol Reed, y mas allá del homenaje explícito, el director, cambiando su Nueva York del alma por un Boston-cloaca despiadado donde las ratas corretean por las barandillas de los lofts a plena luz del día, enfrenta a dos antiheroes con el peor de los destinos marcado en su frente: el oficial presuntamente honesto, ambicioso y eficiente -Damon-, corrompido hasta la médula, y el vulnerable, angustiado y amenazado(r) Leonardo Di Caprio -cada día mejor actor-, los dos emboscados en territorio hostil, los dos persiguiéndose y precipitándose a un final despiadado marca de la casa donde no hay espacio para la redención. Scorsese no es Schroder y gracias a ello no le tiembla el pulso para terminar la historia del modo mas abrupto y desolador. Este es un tecnowestern donde las pistolas siguen siendo pistolas y las señales de humo se han convertido en mensajes de móvil, donde las coberturas cobran un papel determinante y la "Patriot Act" encuentra justificación -excelente el reparto, con ese Alec Baldwin siempre amenazante (Kim, lógico que te largaras), un Martin Sheen degradado -de presidente a inspector jefe- y un Mark Wahlberg necesariamente duro y definitivo deus ex machina de esta sombría función.
 

 
 Mención aparte merece Jack Nicholson; histriónico y desatado, demasiado a mi gusto, firmante de los momentos mas delirantes y extraños de la película -la conversación con Di Caprio en el restaurante, la secuencia en el cine porno, a la "altura" del peor Aranda o Bigas Luna-, pero sin peso para demoler un conjunto fascinante, con momentos del mejor cine de Scorsese, un punto por debajo de Goodfellas y Casino pero con galones del mejor de los cines corriéndole por las venas.
 
En esta extraña mañana de este extraño primer domingo de hora cambiada, Cat Power se desgañita en mi casa y me asalta -de desgarro en desgarro- el recuerdo de la Isa y el Rufo de "15 días contigo", la joya en forma de opera prima de Jesús Ponce que ayer rescaté en DVD. Cada día tengo mas claro que las cosas mas pequeñas acaban conviertiéndose en las mas grandes (y viceversa) y esta pequeña gran película guarda algunos de los mejores momentos del cine español de los últimos años.
 

 
Quizá es precisamente por eso, Isabelita, porque no somos como los demás...
 
October 20

Paul Auster - Discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras

No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe…, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.

Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?

En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil.

La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.

Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la “era posliteraria”. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas.

De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento.

Nunca he querido trabajar en otra cosa.

 

 

P.D-. Atención a las gafas que luce el maestro. Eso es bohemia y lo demás zarandajas.